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COACHING LINGÜÍSTICO: UN PROCESO DE APRENDIZAJE CON ALMA.

 Decidí aproximarme al mundo del coaching porque tenía dos propósitos bien definidos: Mejorar mi vida y la de las personas que me rodeaban, especialmente la de mis alumnos. Tras un camino vital en el que he interpolado continuamente los papeles de estudiante de inglés y profesora de dicha lengua, me di cuenta un buen día de que todos los conocimientos que había aprendido en la universidad, si bien me otorgaban la fuerza y la confianza para dedicarme a la docencia, no eran suficientes si realmente quería lograr resultados de éxito en mis alumnos. Llegué a la conclusión más sencilla y hermosa de cuantos razonamientos habían llegado a mi mente para comprenderla, que el aprendizaje de una lengua es un proceso ”con alma” en el que se ven involucradas las emociones en un porcentaje muy elevado, y requiere elevar el nivel de conciencia para hacer efectivo que una persona que ha pasado toda su existencia pensando que es incapaz de hablar otra lengua que no sea la suya propia, se vea capaz de desenvolverse en situaciones de la vida cotidiana manejando las estructuras básicas de dicho idioma. O sea, casi un milagro, podríamos pensar. Y desde luego los milagros suceden cuando se cree en ellos.

En otras palabras, consideré que mi acercamiento al estudiante de lengua inglesa debía cambiar con respecto al enfoque que se había realizado tradicionalmente. No era cuestión de “derramar” sobre ellos el peso de una gramática o de un léxico a veces impronunciable, sino más bien se trataba de un asunto de” lidiar” con las emociones de los estudiantes antes de comenzar el proceso de coaching lingüístico y durante todo el transcurso del mismo. Juzgué de máxima importancia utilizar las herramientas del coaching que tan buen resultado me habían dado en diversas áreas de mi vida personal. Era necesario abordar al futuro alumno/coachee formulando las preguntas correctas sobre sus experiencias pasadas en el uso del inglés, cómo se había sentido, y sobre todo a donde quería llegar y con qué objetivo.

Comprobé con satisfacción que tras una primera entrevista en la que se ponían las cartas sobre la mesa, el alumno/coachee se relajaba, sonreía y se dejaba llevar, entregándose sin resistencia casi sin percatarse de ello y comprometiéndose con todo el proceso de aprendizaje.

Hasta ahora, muy bien, diréis. Pero ¿puedes explicarme algo más que es eso del coaching lingüístico?.

Desde mi particular visión de la realidad un coaching lingüístico es un proceso de acompañamiento en el que un coach o facilitador que es a menudo el profesor, guía y favorece el proceso de aprendizaje de otra lengua en el alumno o coachee, enseñando no solo la lengua” per se” en toda su complejidad e idiosincrasia, sino proporcionando a dicho alumno/coachee las herramientas emocionales necesarias para llegar a sus objetivos con éxito.

 De este modo, un proceso de coaching lingüístico tendría las siguientes etapas:

  1. Punto de partida. ¿Dónde estamos?. – Es importante tener una charla previa con el coachee/alumno para que nos cuente cual es su estado actual, sus sentimientos y sus experiencias pasadas en la adquisición y manejo de la lengua inglesa. De este modo se abre con el estudiante un espacio de confianza donde el coach pone en marcha su escucha activa para que el alumno se sienta comprendido y libere sus posibles miedos y frustraciones anteriores.

  2. Valoración. ¿Qué sabemos sobre la lengua? ¿Cuáles son nuestras competencias y habilidades?. En esta etapa, el coach inicia una pequeña conversación con el coachee para valorar su discurso, su capacidad de comprensión oral, e incluso le puede preguntar por su escritura y la manera de enfocar un texto. Todo dirigido a que el coach/profesor entienda cual es el nivel del alumno/coachee en todas las áreas de la lengua y emita una valoración correcta de su momento presente en el proceso de asimilación del nuevo idioma.

  3. Plan de acción. ¿Hacia dónde vamos? De nuevo a través de preguntas poderosas y bien planteadas, el coachee se compromete a seguir un plan de acción guiado continuamente por el coach/profesor. Este plan consta de una duración en el tiempo y en el espacio y está perfectamente secuenciado, de forma que el coachee/alumno no sienta la tentación de aplazarlo o procrastinar.

  4. Enseñanza de la lengua. ¿Nos ponemos con la parte técnica? En esta etapa, el coach adopta el papel de profesor de lengua y comienza la parte lingüística y centrada en la adquisición del idioma como tal, sin cambiar su actitud de facilitador y orientador, de tal manera que el coachee/alumno sienta la lengua y viva el proceso de aprendizaje de manera experiencial y positiva.

  5. Feedback del alumno/coachee. ¿Cómo te has sentido?. Es el momento en el que nuestro coachee/alumno nos transmite sus impresiones sobre la sesión, lo que permite al coach/profesor valorar el trabajo realizado y lo que aún queda por hacer en el futuro.

En las sucesivas reuniones entre el coach/profesor y el coachee/alumno estas tres primeras etapas se acortan pero no se prescinde de ellas. Es decir, en todas las sesiones el coach/profesor conoce perfectamente la disposición y la situación emocional del coachee/alumno, lo que permite que se cree entre ellos una relación abierta y honesta en la que no tienen cabida los secretos o la ocultación de cualquier preocupación por parte del alumno/coachee.

      Se va desarrollando un camino “de subida de escalera irregular”, como sugiere Rachel Palin, autora del libro Neurolanguage coaching. Una escalinata de aprendizaje en la que hay escalones más largos que exigen un esfuerzo mayor que nos fatiga y desilusiona a veces, pero que se compensan con otros más cortos en los que notamos que entendemos más palabras y somos más ágiles hablando. Es un largo sendero cuyo objetivo ya no es la excelencia. La meta es partir y sentir, emprender un viaje enriquecedor en el cual no solo exploramos todo el potencial lingüístico que poseemos, sino que adquirimos las destrezas y herramientas adecuadas que podemos aplicar a otras esferas de nuestra vida para lograr nuevos éxitos. Porque si somos conscientes de nuestra fuerza interior, el cerebro se pone de nuestro lado. Nada queda cerrado, y al final de ese ascenso pedregoso y lleno de tropezones, probablemente sea un paisaje asombroso lo que nos espere, que pueda ser disfrutado, amado y casi venerado con los mágicos ojos del descubrimiento.

 Cristina Pecharromán

Coach lingüística

Formadora en inglés

 

 SOBRE LA ESCRITURA

La vida solo comienza cuando uno se sustrae, cuando uno cesa de luchar,  cuando uno se sumerge y deja de ser visible. El escritor toma el camino  esperando convertirse él mismo en el camino. Es lo que el arte tiene de terapéutico, su significado, su carencia de propósito y límites” . (HENRY MILLER)

Dice el escritor norteamericano  Thoreau que todo lo bueno es libre y salvaje. Así me he sentido yo cada vez que me he enfrentado en mi vida a la escritura y al proceso de escribir. En mi ingenua e infantil concepción de cómo la magia va articulando las palabras en un texto, siempre he pensado que era la inspiración el personaje más importante de una novela no escrita. Tenía la sensación de que sólo podía escribir si las musas del arte y la imaginación venían a visitarme, y en el camino olvidé que el oficio de escribir no solo es sentarse ante una hoja en blanco y esperar a rellenarla, es algo más, es casi como un logaritmo, una ecuación en la que todas sus partes deben estar bien planteadas y estructuradas. Es un universo sistemático y ordenado en el que cada parte es un todo y el todo debe representar cada una de las partes.  Escribir ficción es crear un método de trabajo, una disciplina constante. Es someterse a un análisis concienzudo de la propia vida y destriparla siguiendo un orden previamente establecido.

Desde jovencita he tenido el don de visualizar una historia y ver a los personajes hablando e interactuando en mi cabeza. Lo único que tenía que hacer era sentarme a escucharlos y transcribir lo que me decían de manera casi automática. No me costaba ningún esfuerzo. Era tan poderosa la voz de los personajes que podía permanecer un largo tiempo simplemente reproduciendo sus palabras. Ese continuo ir y venir de voces en mi mente llegaba a constituir un auténtico suplicio  a veces porque vivía en el límite de dos universos paralelos, el real de mi vida cotidiana y el de mi ficción inventada, y a veces dudaba de cual era el verdadero. Divagaba durante el día viendo y escuchando las voces de mis héroes , antihéroes y heroínas y me parecían más fidedignos que las situaciones que me planteaba la vida. En esa permanente confusión, decidí dejar mi voz para internarme en los senderos de lo que yo llamaba mi mundo real. Salí a la calle y cerré la puerta de la imaginación durante veinte largos años. Pero de algún modo mi cuerpo me transmitió que era necesario encontrar un canal hacia el mundo de la belleza que había perdido. Y empecé a sentir que exigía una depuración interna que de alguna manera limpiara y borrara la contaminación que yo misma y en un proceso totalmente inconsciente había traído del mundo exterior. Hice frente a mi batalla. Limpié, purgué, pedí perdón, eliminé, y aunque en aquel momento no sabía para que lo estaba realizando y cual era el objetivo de esa cura que mi organismo pedía, más tarde llegué al convencimiento de que todo mi ser me exigía que liberara el camino obstruido por la maleza de la vida cotidiana para encontrar  ese canal de expresión que tenía necesidad de retomar. La   escritura volvió a mi como el hijo pródigo al padre que le ha estado esperando siempre, con amor, con paciencia, con desvelo, de pié y al borde del camino. Había recuperado mi voz, volvía a estar alineada con la vida y el universo. Y en el trayecto, la palabra y el alma cabalgan juntas dándose la mano mientras alzan sus ojos hacia el cielo.

 Cristina Pecharromán

UNA HABITACIÓN SIN DUEÑA

En 1928 la escritora inglesa Virginia Woolf fue invitada a impartir una serie de conferencias sobre mujeres y ficción en Newham College y Girton College en Cambridge, que en aquella época eran universidades solo para estudiantes femeninas. Estas “clases magistrales” fueron revisadas y recogidas en un libro que acabó llamándose  A room of one´s own (Una habitación propia) y que vería la luz en 1929.

  A room of one´s own planteaba las dificultades que tenían las mujeres para escribir en un tiempo sumamente patriarcal en que el sexo femenino estaba relegado a un segundo plano tanto en la esfera privada como pública.  A juicio de la autora, las mujeres necesitaban un espacio propio e independencia económica para desarrollar  su capacidad creativa y escribir obras de calidad. La búsqueda de ese espacio pronto se convirtió en un deseo y una prioridad para las mujeres de las generaciones posteriores a Woolf, y durante todo el siglo XX ha sido una meta a conseguir tanto por parte de nuestras madres como por nosotras mismas.

La habitación propia de la que habla Virginia Woolf no solo representa un espacio físico sino que se ha transformado en un símbolo de privacidad, tiempo de ocio e independencia financiera. Han pasado casi cien años desde que la escritora británica reflexionara sobre la necesidad de encontrar el espacio femenino “per se”,  pero hoy en día, ¿lo hemos encontrado?.Dice Virginia Woolf que un ser que cambia es un ser que está vivo,  y es precisamente una evolución personal y social la que han perseguido las mujeres en la conquista del espacio publico y privado. Sin embargo, ¿realmente  tenemos una habitación propia?

 El ensayo de Woolf refleja las desigualdades de género características de principios del siglo XX y al mismo tiempo se detiene en examinar las fronteras y obstáculos que deben vencer las mujeres en su lucha por la visibilidad. Si bien es cierto que las mujeres progresaron en el acceso al mundo de la educación durante el siglo pasado, tenemos que admitir que todavía hay puertas por abrir y terrenos vírgenes que pisar . Especialmente conflictiva es la compleja relación que tienen las mujeres con el mundo laboral, una mujer que trabaja todo el día para sustentar a su familia difícilmente encontrará un tiempo y espacio propios. En una sociedad en la que se sacraliza la maternidad y no se ofrecen soluciones para la conciliación laboral y familiar, la cuestión de la autoría del espacio permanece aún sin resolver. Si a esto añadimos la brecha salarial  y la ausencia femenina en puestos prominentes de la sociedad y la empresa, el resultado es una habitación llena de telarañas, con los muebles instalados pero sin habitar.

 La situación empeora todavía mas en el llamado “tercer mundo” donde las mujeres, lejos de soñar con la conquista del espacio, se ven sometidas a duras condiciones de trabajo, en medio de una pobreza inmensa y con una falta considerable de expectativas vitales. Es por tanto, prácticamente imposible que  puedan desarrollar sus capacidades creativas e intelectuales si no tienen acceso a bienes básicos como una vivienda , una alimentación adecuada y medios de vida dignos para ellas y sus familias. En este contexto, la escritura  ya no solo se contempla como actividad artística sino que emerge como la expresión más alta del ser, se yergue como el estandarte de la acción política e intelectual necesaria convirtiéndose en un símbolo de libertad personal e independencia de pensamiento.

Virginia Woolf en su obra espolea a las mujeres a una reconstrucción íntima, a la revisión y al renacer a través de la palabra, a rescatar las lagunas perdidas de la historia entre los baúles patriarcales del discurso lento y oxidado. Casi un siglo después, la habitación está dibujada, definida, y esperando ser ocupada por las mujeres de hoy, con conciencia plena, con voluntad y valentía y la absoluta convicción de que merecen gobernar ese espacio que les pertenece por méritos propios.  Una mayor implicación personal, social y gubernamental se necesita para lograrlo.  Dice la escritora feminista norteamericana Audre Lorde: “No desmontaremos la casa del amo con las herramientas del amo“.  Busquemos nuevas herramientas, nuevas formas de hacer las cosas, nuevos horizontes, porque ya no se trata solo de una estancia a llenar sino de toda una tierra que cultivar.

 Cristina Pecharromán

LORCA: LA GRANDEZA DE LO INOLVIDABLE.

En mi última visita a Madrid tropecé con la estatua de Federico García Lorca que se encuentra ubicada delante del Teatro Español, en la plaza de Santa Ana. En sus manos sostenía una paloma a punto de echar a volar tal como su mirada parece hacer, sin tenerla fija en ningún punto, simplemente disfrutando del momento presente, eterno, atemporal, diluido en los ochenta años que ya han pasado desde su violenta muerte. Algunos transeuntes se acercaron a ponerle flores entre sus manos, era el día que se conmemoraba el aniversario de su dramática desaparición, una sinrazón sangrante , llevada a cabo por un odio inhumano y aberrante que a día de hoy nos resulta incomprensible y nos evoca una terrible época con la que es extremadamente dificil empatizar y siquiera asomarnos al abismo de su locura.

Realmente Federico es inolvidable. Buceando en la familiaridad de su recuerdos, encuentro sus poemas rebosantes de canciones andaluzas que hablan del amor imposible y de la confrontación entre realidad y deseo, de las ganas de vivir que chocan con la lucha por vivir, del destino trágico y del dolor por la propia vida, mezclada con los colores serenos y hermosos de la tierra que le vió nacer y que acudiría a verle  morir estática, sin conmoverse, arañando sus ojos inertes con el velo del olvido flagrante.

Sin embargo no le hemos olvidado, las mujeres de sus tragedias brillan con la luz de la pasión y hablan con la fuerza de un fuego que no está extinguido. Su lado oscuro y trágico sigue conduciendo a una desesperación muda que reaparece cada vez que vuelven a la vida en escena, representando el complejo universo lorquiano que nos embauca y nos seduce como una seda que envolviera nuestro cuerpo y lo acariciara para luego desgarrarlo. El tiempo parece fluir entre sus palabras y detenerse en sus locuaces silencios y entonces sentimos que siguen ahí, que nos miran desde el otro lado, que no han perdido un ápice de la energía que les dió su autor, en un torrente vital sin límite , arrollador y majestuoso, inmortales para siempre en nuestra memoria. Hay algo en Federico que me acompaña siempre, que me devuelve a mi infancia perdida y a sus nanas y canciones, algo hermoso que vela mis sueños y con frecuencia ensancha mi alma, el sonido de una guitarra lejana y un corazón malherido por cinco espadas.


TRAS EL RASTRO DE VIRGINIA WOOLF: setenta y cinco años del “FLUIR DE LA CONSCIENCIA”.

El 28 de marzo  se cumplieron setenta y cinco años desde que la escritora británica Virginia Woolf decidiera ahogarse en el río Ouse cerca de su casa de Sussex, Inglaterra. LLevaba los bolsillos cargados de piedras para evitar que su cuerpo pudiera flotar cerca de la superficie y fué arrastrada por la corriente fluvial y encontrada veinte días más tarde. De esta manera ella misma ponía fin a una de las mentes más exquisitamente brillantes del siglo XX, sin cuya influencia no podría entenderse la literatura actual y cuya huella se extiende hasta nuestros días.

Considerada una autora modernista, bebió de las fuentes de Henri Bergson y James Joyce y escribió sus mejores obras debatiéndose en medio de terribles episodios de inestabilidad y sufrimiento mental que le llevaron a su trágico final. Sin embargo, Virginia Woolf lejos de parecer una mente “enferma” como así fue considerada por numerosos críticos, fue una de las cabezas más lúcidas de su tiempo, una de las pocas almas capaces de plasmar lo que vino a llamarse el “stream of consciousness” o corriente de pensamiento interior que es el que moldea la realidad, le da forma y construye un nuevo concepto de ella en la mente de los personajes. La visión de la realidad de Woolf va más allá de los acontecimientos del mundo exterior y del tiempo y se fragmenta en múltiples pedazos aparentemente inconexos, pero que forman un todo y constituyen lo que es nuestra vida. Es esta capacidad de aprehender nuestro torrente de pensamiento interior y pasar la realidad exterior por el tamiz de la conciencia lo que marca nuestra existencia, porque en verdad estamos construyendo nuestra realidad a cada momento . En el paso de un estado a otro creamos un presente que moldeamos a nuestra medida y que nada tiene ver con el anterior y es completamente distinto al que recrean las personas de nuestro alrededor. La grandeza de Virginia Woolf es sugerirnos a través de la palabra escrita que somos seres sometidos al cambio, al paso de un instante a otro que crea otro espacio en el que somos personas diferentes, porque nuestra realidad ya ha sido interpretada y adaptada a lo que somos. Y desde ese cambio hay que dirigir y gestionar nuestra proyección vital porque al final todo es movimiento, un fluir natural y sencillo de las cosas que determina nuestro comportamiento, nuestros actos y por el que debemos dejarnos llevar porque es el mecanismo íntrinseco de la vida.

Al margen de mi reconocimiento como escritora a través de obras como Mrs. Dalloway, The Waves, Orlando, To the Lighthouse, Three Guineas entre otras, Virginia Woolf creó en en mí la necesidad de construir un pensamiento crítico cuando descubrí su maravilloso ensayo A room of one´s own en la universidad. Su llamamiento a a cuestionarnos lo que vemos y lo que vivimos , y sobre todo su advertencia a las mujeres de que es necesario poseer unos conocimientos librescos, ser independientes económicamente y tener un espacio destinado sólo para ellas en la vida, ha marcado la mía en particular y me ha acompañado hasta el día de hoy.  Aun conservo un retrato de ella que compré en el Museo Británico siendo muy joven, en Londres, y lo contemplo algunas veces mientras recuerdo sus palabras. Miro alrededor y me reconforta pensar que ese lugar alegre que me saluda cada día al levantarme es lo que yo he creado, lo que con tanto esfuerzo he conseguido, gracias a ella y a lo que otros como ella me han enseñado, un espacio propio, una vida propia, una habitación propia.

Cristina Pecharromán

Pintando la transexualidad: la historia de Lili elbe.

Esta semana cayó en mis manos, no diré por casualidad porque no creo en ella, la historia de la artista Lili Elbe, nacida varón en Dinamarca en 1882, que tras darse cuenta de que pensaba y sentía como una mujer, dedicó toda su vida a conseguir el sueño de verse como tal teniendo que romper para ello con los numerosos prejuicios y condicionamientos de la época, que no eran baladí. Estamos hablando de principios del siglo XX en Europa que es un momento de cambio, innovación y experimentación artística y cultural de la mano de las llamadas “vanguardias” que darían paso al arte contemporáneo. Las mujeres habían conseguido el derecho al voto en Dinamarca en 1915 y durante estas primeras décadas se creará una “sociedad” de masas urbana que tendrá un gran protagonismo tanto cultural como político. En este bullir de la sociedad y las artes, en lo que se ha venido llamando por los historiadores como “la Belle Époque” europea, un matrimonio de pintores daneses Einar y Gerda luchan por hacerse un hueco entre las oscilaciones y nuevas tendencias pictóricas. En medio de esa bohemia instalada también en Copenhague, Einar descubre por accidente que tiene alma de mujer y que no puede vivir la mentira de ser un hombre por más tiempo. A pesar de las supuestas modernidades de la época, la sociedad danesa de los años veinte y treinta en Dinamarca no estaba preparada para contemplar que un hombre renegara de su sexo y se quisiera transformar en una mujer, no sólo desde el punto de vista de género, sino desde la perspectiva de sexo, es decir, Einar se sentía Lili como un todo, tanto físico como mental y espiritual y es precisamente este deseo de vivir su vida plenamente, por encima del pensamiento del momento, lo que la lleva a su trágico final.

El relato de la pintora Lili Elbe, que pasó a la historia por ser la primera persona en someterse a una operación de cambio de sexo, está magnificamente representada en la película La chica danesa con el pudor, el respeto y el cariño que la historia requiere. Pero es que además la relación entre Einar y su esposa Gerda es de una espiritualidad que sobrepasa el propio amor que hay entre ellos. Es la historia del enamoramiento de dos almas que va más allá de la relación física y del tiempo. Contemplar por unos momentos el devenir de estas dos vidas es una intensa lección para todos; Lili que luchó por conseguir su sueño logrando ser fiel a sus sentimientos y a sí misma y Gerda que incluso admitiendo la pérdida de su esposo trascendió su pena para quedarse con la esencia, con el espíritu, con el maravilloso interior indestructible de Lili.

En una de sus últimas cartas Lili Elbe nos recordaba su alegría de vivir aunque presentía que su fin estaba próximo tras su operación de transplante de útero: “Soy Lili, vital, y he probado que he tenido el derecho a vivir durante catorce meses. Puede que catorce meses no sea mucho tiempo, pero a mi me ha parecido una vida entera y feliz”.

Cristina Pecharromán

 

BRÖNTE: REGRESO A CUMBRES BORRASCOSAS

Confieso que me hubiese gustado escribir Todo ese fuego, la última novela de  Angeles Caso que se centra en recrear la vida de las hermanas Brönte, las tres escritoras inglesas que vivieron en la primera parte del siglo XIX y cuyo breve pero inmenso legado a la literatura universal todavía hoy sigue dejando huella en muchos lectores. Y hubiera querido escribir esta historia por varios motivos, primero, por mi absoluta devoción por la escritura de Emily, Charlotte y Anne Brönte que aunque se encuadra en un marco histórico romántico supo expresar y transmitir temas espinosos para los cánones de la época como el derecho a la educación de las mujeres, su necesidad de expresión y de independencia de la figura masculina, y lo que es más importante, el reconocimiento de su visibilidad social, hasta el momento inexistente. Pero además de los temas sociales planteados en la obra de las tres escritoras, entrar en el universo Brönte es penetrar en la realidad de las pasiones destructivas no resueltas, muchas de ellas protagonizadas por mujeres, asunto éste que supuso una revolución en la Inglaterra de los años cuarenta que de súbito se convirtió en testigo de una nueva forma de narrar completamente desconocida hasta el momento que traspasaba los límites de la decencia y el decoro literarios. Tanto desconfiaban las hermanas Brönte en la acogida que iban a protagonizar sus novelas en el mundillo literario del Londres de la época, que decidieron emplear seudónimos masculinos para publicar sus libros en vez de sus nombres reales, y en verdad esa decisión marcaría su entrada en la vida pública y afectaría también el transcurrir de sus vidas privadas por esa necesidad de estar siempre escondidas como mujeres a los ojos del mundo.

Asi que hoy, despues de leer Todo ese fuego, he decidido montar en el caballo de mi imaginación y trasladarme a Cumbres Borrascosas. He paseado por los agitados y sombríos páramos de York sacudidos por la ventisca , y me he acercado a contemplar la gran casa que da nombre a la novela de Emily Brönte. Tras abrir la gran puerta de bronce y madera, he subido por las ancestrales escaleras de piedra desgastadas por el tiempo y me he detenido en cada una de sus estancias frías y lóbregas. Allí me he reencontrado con sus atemporales personajes, con Heathcliff y su pasión desmedida por Catherine que le lleva a destruirse a sí mismo a y a todos los que le rodean , y  Catherine, incapaz de canalizar esa pasión que le quema por dentro y le augura un fin trágico. En realidad es la incapacidad de gestionar las pasiones lo que lleva a los personajes a su deriva, es el lado más oscuro y salvaje del alma humana lo que Emily Bronte saca a relucir en esta novela y nos dice implicitamente que todos poseemos ese ” otro lado” terrible, inhóspito y alejado de la luz, que en un momento dado puede desatarse y si no se controla adecuadamente nos puede ocasionar la destrucción y la locura. Pasear por Cumbres Borrascosas es admitir la existencia de nuestro “otro yo” y ser conscientes de la importancia de no dejarnos sucumbir por él  si gestionamos nuestras emociones de forma correcta. Es una lección magistral de conocimiento de la naturaleza humana que una autora de menos de treinta años, que pasó casi toda su vida  encerrada en una casa rectoral de los destartalados páramos de York,  supo transmitir a los lectores de todas las generaciones futuras.

Pero ya es tiempo de regresar, como dice Béquer, la imaginación es un caballo que si se desboca no se puede dominar. Por ello, antes de que me sorprenda la noche , y después de lanzar una última mirada a Catherine , a Heathcliff y a la hermosa y trágica mansión de Cumbres Borrascosas donde pasé mi querida juventud y adolescencia, emprendo despacio el camino de vuelta  a casa.

Cristina Pecharromán

SUFRAGISTAS: LO QUE LA VERDAD ESCONDE

Sufragistas es una película que me toca el alma, y me la toca hasta el fondo, quizá porque soy sensible a todo lo que cuente algo sobre la historia de las mujeres o quizá porque una parte de mí tiene mucho de ellas.  La película nos ofrece un fragmento de la lucha de las mujeres por conseguir el derecho al voto en Inglaterra. Se les llamaba despectivamente “sufragistas”, pero en inglés el término engloba varias acepciones. No era igual ser sufragist que suffragette, eran dos posiciones que reivindicaban el voto femenino pero discrepaban en sus métodos para conseguirlo. Las sufragists eran moderadas y se agrupaban en el National Union of Women´s Suffrage Societies de Millicent Garreth Fawcet, y las suffragettes  se habían radicalizado ante la falta de respuesta política a sus peticiones y empezaban a considerar que ciertas dosis de violencia callejera eran necesarias si querían ser escuchadas. Se aunaban en el Women´s Social and Political Union (WSPU) creado por Emeline Pankhurst en 1903 . 

Estas últimas son las que aparecen en la película y es una parte de su historia la que se relata. Resulta dificil poder entender para un espectador del año 2016 la lucha sin tregua que debió suponer para estas mujeres su deseo de ser consideradas como iguales a sus conciudadanos masculinos, la búsqueda de la visibilidad social y política, el deseo de poder tener la misma vida de sus maridos, hijos o padres y gozar de las oportunidades que la sociedad les ofrecía a ellos y les negaba a ellas. Como decía la gran luchadora estadounidense por los derechos de las mujeres, Lucy Stone, las mujeres jóvenes de hoy nunca sabrán a que precio ha sido ganado su derecho a hablar. Nosotras hemos nacido en un mundo que  nos permite participar en la vida pública, estudiar y ser personas independientes y autónomas. Hemos de agradecer a estas sufragistas y suffragettes de principios de siglo que se dejaran la piel, y en algún caso la vida,  por conseguir lo que tenemos hoy. Nuestra deuda es infinita y la mejor forma que tenemos de pagarla es haciendo nuevos avances, desatando nudos y acabando con yugos innnecesarios. No podemos relajarnos, es todavía mucho terreno el que tenemos que conquistar en materia de derechos civiles, igualdad, respeto y autonomía en muchos países del mundo. Por eso es necesario ver esta película, volver nuestros ojos a esta historia supone desempolvarnos el lodo de la injusticia, de lo oculto, de una verdad que acabó imponiéndose en la historia porque no podía ser de otro modo en la evolución del ser humano.

Sufragistas es una historia de hoy, de lealtad a uno mismo, de amor propio, de fidelidad a la dignidad humana, porque por mucho que nos digan, el afán de hacer justicia debe estar siempre por encima del nivel del miedo.

Cristina Pecharromán


FULL MONTY “reVisited”: El triunfo de la resiliencia.

Me encanta la película Full Monty del año 1997. El viernes pasado, en medio de una gélida noche de invierno, cayó en mis manos  por casualidad, y decidí verla de nuevo. Es curioso que el simple hecho de verla me transportó a otra época, cuando tenía veintisiete años y las imágenes de la película me sugerían una realidad muy lejana. Por aquel entonces, empezaba a trabajar como profesora , tenía todas las ilusiones del mundo y la historia me parecía que no iba conmigo. Después de todo , ¿qué tenía yo en común con un grupo de hombres que habían perdido su trabajo en una región del Norte de Inglaterra en los años ochenta, que además estaban deprimidos y no le encontraban sentido a la vida? No me sentía identificada en absoluto, y recuerdo que la película me hizo gracia sin más. Sin embargo hoy, casi veinte años después, redescubro esta historia con otros ojos. 

Full Monty es el triunfo de la resiliencia, un arañazo a la baja  autoestima y un canto a la vida que en el peor de los casos, siempre se impone por encima de todo. Dice Henry Miller que cuando algo se vive hasta el fin, no hay muerte ni arrepentimiento, que cada momento vivido abre un horizonte más grande y más ancho del que no hay salida salvo el vivir, y ésto precisamente es lo que habita en el alma de estos hombres parados, sin futuro, sin salida pero que deciden conservar la dignidad por encima de todo, adaptarse al cambio y superarse a sí mismos a pesar de la barrera del miedo. Se estiran, se transforman, se adaptan a su medio y a su miedo, al único que les queda, porque no hay otra forma de sobrevivir. Pero además de esa resiliencia aprendida, forzada por las circunstancias, Full Monty es una mirada a las relaciones entre el sexo masculino y el femenino, a esa educación aplastante que pesa sobre todos nosotros desde hace generaciones que nos dice que papel tiene que tener cada uno en sociedad, una carga pesada para los protagonistas que determina todos sus comportamientos y sus reacciones, dejándolos sin aire, exhaustos, presos de un rol asfixiante masculino  que les paraliza. Las palabras de estos hombres resuenan como gritos de auxilio abocados a la necesidad de escapar de su papel de “portadores del pan” que les afirma en su masculinidad y les mantiene atrapados. La película plantea la necesidad de un cambio,  otra mirada que libere de lastres innnecesarios y de ataduras sociales. En este sentido resulta ser de alivio algunos personajes femeninos de la historia que resaltan por su actividad, su iniciativa y su comprensión de la situación por la que atraviesan sus parejas, lo que es de agradecer, por el soplo de aire fresco que transmiten en esta atmósfera estancada.

En resumen, Full Monty es una película que habría que ver al menos una vez en la vida, por su realismo, por su frescura, por su vigencia, su lenguaje vivo y mordaz y porque nos recuerda que aunque a todos nos puede pasar lo mismo que les pasa a los personajes de la historia, es nuestra capacidad de voltear la realidad, de transformarla y crear otra , la que finalmente nos dará la victoria. No es una victoria final, la vida es larga y llena de pruebas a batir, pero creará en nosotros una marca, una huella que nos animará a seguir intentándolo.

Cristina Pecharromán

 


 

 

 

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